COMENTARIO
Estos capítulos constituyen una primera parte del libro. El comienzo del ministerio profético de Miqueas coincide, de un lado, con los años de la política expansionista de Asiria y su progresiva ocupación de los países de la ribera oriental del Mediterráneo y, de otro, con el final de la prosperidad material del reino de Israel o Samaría, más precisamente, de sus clases dirigentes. Samaría había intensificado sus relaciones comerciales y políticas con los reinos de Tiro, Sidón y Damasco; pero tales contactos habían introducido el influjo de las religiones y cultos de esos pueblos en detrimento de la religión de Israel. También el bienestar material había llevado aparejado el relajamiento de la vida religiosa y la corrupción moral. El resultado eran graves y extendidas injusticias sociales, que ya habían sido denunciadas duramente años antes por los profetas Amós y Oseas. En los comienzos de su actividad profética, la predicación de Miqueas se parece más a la de Amós que la de Oseas. El nuevo profeta clama contra los pecados del pueblo —especialmente contra las injusticias de sus dirigentes y contra los aduladores vaticinios de sus falsos profetas— y amenaza con el juicio del Señor, que como Rey universal castigará las iniquidades. Pero Miqueas no se dirige sólo a Samaría; la corrupción había llegado también al reino de Judá. Por eso el último versículo parece el resumen y el colofón de toda esta primera parte: de la misma manera que Samaría se ha convertido en un montón de escombros (cfr 1,6-7), así será con Jerusalén (3,12).