COMENTARIO
El oráculo de Miqueas señala dos consecuencias de la caída de Samaría: la devastación y la ruina. Las palabras tuvieron su cumplimiento en la destrucción de Samaría, con el asedio y la conquista de la capital (722 a.C.) por los ejércitos asirios de Salmanasar V y de su hijo Sargón II. Las consecuencias fueron terribles: deportaciones en masa e importación de gentes extranjeras en el territorio. Desde entonces el reino del Norte, Israel, perdería su identidad. Los restos salvados de la población israelita huirán al reino del Sur, Judá, y se incorporarán de una u otra manera a la vida de este reino: «Según el orden de los pecados sucede el orden de las penas. Primero pecó Samaría, fabricó ídolos y adoró becerros en vez del Señor: perecerá la primera. La destruiré cuando vengan los asirios y la convertiré en un montón de piedras» (S. Jerónimo, Commentarii in Michaeam 1,6-7).