COMENTARIO
El pasaje tiene dificultades de interpretación, porque ha llegado mutilado y porque hay constantes juegos de palabras entre las ciudades que nombra —a veces de difícil identificación— y las acciones de lamento que le asigna a cada una. Por ejemplo, en el v. 10: «No lo anunciéis (tgd) en Gat (gt)»; «en Bet-Leafra (es decir, en la “Casa del polvo”) revolcaos en el polvo».
Sin embargo, el tono general del pasaje parece más claro. Es probable que el profeta se refiera a las campañas asirias: la campaña de Sargón por Palestina, en torno al año 710 a.C., y la posterior campaña de Senaquerib, el año 701, en la que asedió Jerusalén, aunque después tuviera que levantar el cerco precipitadamente (cfr 2 R 18,13-19,37). Para el profeta la caída del reino del Norte es como una herida (v. 9) para el pueblo elegido. Por eso se lamenta, y por eso llama a la penitencia (v. 16) y a aborrecer el pecado: el pecado que ha provocado la caída de Samaría (1,6-7) y que ha pasado a la hija de Sión (v. 13). Es claro, como en tantos textos bíblicos, que lo que busca el Señor con las desgracias es la conversión. Así lo interpretaba Orígenes: «Se dice que el Señor induce ciertas desgracias para convertir a quien tiene necesidad, y esto no es una afirmación completamente absurda; como no lo es que ha bajado la desgracia de parte del Señor hasta las puertas de Jerusalén (v. 12), desgracia que consistía en las penas infligidas por los enemigos, y que debían llevar a la conversión de los ciudadanos» (Contra Celsum 6,56).
Sin embargo, aunque la amenaza profética tardó todavía más de un siglo en cumplirse, se hizo realidad con la caída de Jerusalén a manos de Nabucodonosor: «Y el mismo pecado, más aún, el mismo castigo del pecado que arrasó Samaría, llegará hasta Judá y hasta la puerta de mi ciudad, Jerusalén. Porque lo mismo que Samaría fue arrasada por los asirios, también Jerusalén será destrozada por los caldeos» (S. Jerónimo, Commentarii in Michaeam 1,6-9).