COMENTARIO

 Mi 2,1-5 

Oráculo introducido por la interjección «¡Ay!» contra las injusticias sociales de los poderosos que oprimen a los más pobres. Las denuncias de Miqueas son muy expresivas. Los poderosos parece que viven enteramente para el robo, la rapiña y el fraude: por las noches piensan cómo robar y por el día se dedican a ejecutarlo (vv. 1-2). Lo curioso es que estos hombres parecen hombres de fe, porque las palabras que el profeta pone en sus labios (v. 4) son un reconocimiento de que es el Señor quien da y quien quita. Las enseñanzas de Miqueas son aplicaciones prácticas del quinto y del décimo mandamiento que prohíben respectivamente «la violencia y la injusticia» y «la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2534).

El Señor anuncia el castigo por tales pecados: la opresión del destierro (v. 3) y el expolio de sus bienes (v. 4). Parece una aplicación discreta de la ley del talión, aunque al lector cristiano le evoca aquella sentencia de nuestro Señor Jesucristo: «Con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7,2).

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