COMENTARIO
Los versículos son un desarrollo de lo dicho antes. Aquellos hombres saben del valor de la locución profética y por eso le dicen (cfr v. 6) que no vaticine, no sea caso que ocurra lo que pronostica. El profeta les responde de cuatro maneras distintas: les dice que no ha menguado el Espíritu del Señor (v. 7), es decir, que el Señor no se ha olvidado del pueblo y habla a través de él, de Miqueas; les dice también que él no es un falso profeta que dice lo que los otros quieren escuchar (v. 11; cfr Lc 6,26); y que si sus palabras son molestas, es porque ellos no son rectos y no porque las palabras no sean verdaderas (v. 7); finalmente (vv. 8-10), les propone tres ejemplos tan palmarios de las injusticias que cometen que no hacen falta más explicaciones. San Jerónimo comenta a este propósito: «No os engañéis, casa de Jacob, y no digáis para vuestro mutuo consuelo: Dios es bueno; no llegará el cautiverio que tememos; porque su misericordia es muy grande y su espíritu es clementísimo; pero el que sale amplia y generosamente para todos, ¿sólo será corto y severo para nosotros?» (Commentarii in Michaeam 2,6-8).
Pero Miqueas no es un profeta de desgracias, sino de conversión. En medio de las calamidades, vislumbra la salvación. De ahí el significado de las preguntas del v. 7: a la vista del pasaje, se descubre que no ha menguado el Espíritu del Señor y que las palabras del profeta son acogidas por quienes actúan con rectitud; por tanto, también se enseña que no está maldita la casa de Jacob. El Señor está comprometido con su pueblo, como lo mostrará el siguiente oráculo.