COMENTARIO

 Mi 2,12-13 

Nos encontramos aquí, de pronto, con una promesa diáfana de la restauración del entero pueblo elegido (v. 12), que sorprende en el contexto. El significado de las palabras es claro, pero en el libro pueden tener un doble sentido. En el contexto de esta primera parte de la obra, compuesta por denuncias, es posible entender estas palabras como dichas por los oyentes de Miqueas, a las que el profeta contesta con nuevos malos augurios (cfr 3,1ss.). Sin embargo, Miqueas es también un profeta de salvación: la casa de Jacob no está maldita (cfr 2,7) y, en prueba de ello, el profeta anuncia la futura restauración en términos muy semejantes a los de otros textos bíblicos: como un pastor que cuida de su rebaño (7,14-17; cfr Sal 23,1; Is 40,11; Ez 34,23; etc.). En todo caso, parece claro que Jesús entendió que esa promesa de restauración —incluso ampliada a los gentiles— se cumplió en Él cuando se denominó Buen Pastor: «Yo soy la puerta de las ovejas (…) Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas (…). Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor» (Jn 10,7.11.16).

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