COMENTARIO
En estos oráculos hay un tema general que se resume en los últimos versículos (vv. 11-12), que son además una recapitulación de todo lo tratado hasta el momento. En el v. 11 se elencan los pecados de los dirigentes —príncipes y sacerdotes— y de los profetas; en el v. 12 se anuncia el castigo: Samaría fue reducida a escombros (cfr 1,6), y lo mismo pasará con Jerusalén.
De los dirigentes se critica la venalidad (v. 11; cfr v. 1) y las injusticias con los menos favorecidos, en quienes ven sólo lo que puede redundar en la propia utilidad (vv. 2-4). La consecuencia es clara, tanto entonces como ahora (cfr v. 4): ¿cómo podrán ver al Señor esos tales? La piedad sin la justicia es imposible.
A los profetas les reprocha las falsas enseñanzas, que pronuncian por dinero y que extravían al pueblo (vv. 5.11). A ellos se les anuncia que se llenarán de vergüenza y confusión (v. 7) porque, sin visión ni revelación de Dios (v. 6), no tendrán nada que decir: su vida y su misión no tienen ya sentido alguno. San Gregorio Magno ve en el v. 5 una buena descripción de los malos pastores que son «profetas que extravían a mi pueblo: como los predicadores réprobos que con sus juicios confunden a sus oyentes; mientras sus dientes tienen qué mascar pregonan paz, porque, en el apetito de su avaricia, mientras reciben dones terrenos de los pecados, les prometen la seguridad de la indulgencia divina» (In librum primum Regum 1,25).
Aunque en estas reconvenciones está presente el aspecto salvífico —el Señor todavía sigue actuando, pues esconde su faz a los injustos y su revelación a los profetas venales— donde mejor se deja ver la acción salvífica del Señor es en el mismo profeta, al que ha llenado de su espíritu para anunciar la justicia y el derecho (cfr v. 8). De esa forma, se anuncia lo que constituirá el tema de la segunda parte: el Señor no abandona a su pueblo.