COMENTARIO

 Mi 4,1-5 

Los primeros versículos son casi idénticos a Is 2,2-4, y bastante parecidos a Za 8,20-22. En su conjunto, el pasaje evoca lo que será el momento definitivo —«en los últimos días» (v. 1)— de renovación por parte de Dios. La acción, probablemente, hay que leerla desde el presente del v. 5: si el pueblo camina en los mandamientos del Señor, Jerusalén, y especialmente el Templo, serán el centro de confluencia del universo entero (v. 1) y todas las naciones acudirán a Israel para que les enseñe la Ley y la Palabra del Señor (v. 2). Cuando eso ocurra, se podrá decir que ya se ha instaurado la paz mesiánica: el Señor será el único juez reconocido (v. 3), ya no habrá guerras, y por tanto no serán necesarios los instrumentos de guerra —las espadas y las lanzas (v. 3)—, que pasarán por la fragua para ser utensilios de labranza. Cada hombre podrá gozar de la paz y la tranquilidad, en su casa y sin sobresaltos (v. 4).

Esta descripción de los tiempos mesiánicos tiene su eco en otros libros bíblicos, y de modo especial en el Nuevo Testamento. El contenido del v. 2, por ejemplo, es evocado en la conversación de Jesús con la samaritana, cuando Él le recuerda que «la salvación procede de los judíos» (Jn 4,22). Pero la visión de Miqueas habla de la centralidad del Templo y de Jerusalén, y Jesucristo se denominó a sí mismo el nuevo Templo (Jn 2,18-22). De ahí, y de otras muchas expresiones neotestamentarias, que los Padres vieran cumplidas en Jesús y en la Iglesia las promesas de este oráculo. Así Melitón de Sardes cuando dice: «La Ley se convirtió en la Palabra y de antigua se ha hecho nueva —ambas salieron de Sión y de Jerusalén—. El mandamiento se transformó en gracia y la figura en realidad» (De Pascha 45). Y San Jerónimo comenta: «Apareció manifiesto lo que antes estaba oculto y preparado no sólo en los montes, sino sobre las cumbres de los montes, Moisés y los profetas, que de Él [Cristo] vaticinaron. Aunque escribieron cosas santas, las escribieron por comparaciones proféticas, en las cuales profetizaron la venida del Salvador, ante el cual los demás son humildísimos y de ninguna manera llegan hasta la cumbre de los montes. Será alzado sobre las colinas (v. 1), dice (…). Así, pues, a este monte que está preparado sobre la cumbre de los montes y alzado sobre las colinas, se apresurarán, o como se encuentra en el hebreo, afluirán todos los pueblos, esto es, a la manera de los ríos, se reunirán innumerables gentes. Se apresurarán los pueblos cuando crean igualmente partos y medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las zonas de Libia junto a Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes (cfr Hch 2,9-10) (…). Venid, subamos al monte del Señor (v. 2): es necesaria la ascensión para que alguien pueda llegar a Cristo y a la casa del Dios de Jacob, a la Iglesia, que es la casa de Dios, columna y fundamento de la verdad» (Commentarii in Michaeam 4,1-5).

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