COMENTARIO

 Mi 6,1-5 

Comienza la reprensión a Israel con la llamada a pleito (rîb) entre el Señor y su pueblo. Ésta es una forma literaria relativamente común (cfr Is 3,13-15; 5,3-7; Os 4,1-3; etc.) en la literatura profética. Es como la representación de un juicio público donde el Señor es el demandante (v. 2), y los elementos de la tierra, los testigos (vv. 1-2). La fuerza de la exposición está en que los oyentes, el pueblo, son al mismo tiempo los demandados y los que deben emitir la sentencia (vv. 2-5). Es indudable que, ante el razonamiento del oráculo, todo oyente concluirá con el profeta en que, a partir de ese momento, procurará entender las «misericordias del Señor» (v. 5). Las razones que ofrece el Señor por boca del profeta se basan sobre todo en la «memoria» del origen del pueblo, y en lo que Dios hizo por ellos: con ese argumento introduce el núcleo de la fe de Israel (cfr Dt 5,15). Es éste un motivo que debe estar también siempre presente en la fe cristiana: «Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Acuérdate de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Recuerda que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios» (S. León Magno, Sermones 21,3).

El texto, especialmente los vv. 3-4, se ha hecho popular por formar parte de los Improperios que se cantan durante la Adoración de la Cruz en los oficios del Viernes Santo: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho…?» (v. 3). En este canto, al texto fundamental de Miqueas se unen pequeños párrafos, que se alternan en el coro, tomados del Trisagio («Dios Santo, Dios Fuerte, Dios Inmortal»), de Is 5,1-5 y de algunos recuerdos de la historia de la salida de Egipto, que son actualizados en la liturgia relacionándolos con episodios de la Pasión del Señor. Esta celebración del Viernes Santo ha sido gran maestra para suscitar y mantener viva la conciencia de la ingratitud y de las ofensas del pueblo y de cada cristiano frente a los grandes beneficios y el inmenso amor de Dios. Constituye una magnífica invitación a que reconozcamos nuestros pecados y nos dispongamos a la conversión, colectiva y personal; de modo que cada cristiano que bese la Cruz de Cristo se aplique a sí mismo las palabras del profeta como palabras que Jesús le dirige directamente, porque, como dice San Francisco de Asís: «Y aun los demonios no lo crucificaron; sino que tú, con ellos, lo crucificaste y todavía lo crucificas, deleitándote en vicios y pecados» (Admonitiones 5,3; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 598). La liturgia de la adoración de la Cruz resulta así un modo maravilloso de actualizar el oráculo profético de Miqueas a lo largo de la vida de la Iglesia y de cada alma cristiana.

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