COMENTARIO

 Mi 6,6-8 

Constituye como una breve suma de la verdadera religión, que no consiste sólo en el culto externo, sino más bien en el sometimiento a Dios que lleva a vivir la justicia y la caridad con el prójimo (v. 8).

El v. 7 alude a la abominable práctica cananea de ofrecer los hijos al dios Moloc y a los baales, ya reprochada enérgicamente en otros textos bíblicos: «En sus días [del rey Ajab de Israel], Jiel de Betel reedificó Jericó. Puso los cimientos sobre Abiram, su hijo mayor, y colocó las puertas sobre Segub, su hijo menor» (1 R 16,34; cfr Lv 20,2; Dt 12,31; etc.). Tal vez estos pecados de los del reino del Norte se estaban introduciendo en Judá (cfr 6,16), como sugiere 2 R 16,3 y como señala claramente Jeremías: «[Los reyes de Judá] llenaron de sangre inocente este lugar. Y edificaron lugares altos a Baal, para quemar a sus hijos en el fuego, como holocausto a Baal» (Jr 19,4-5).

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