COMENTARIO

 Mi 6,9-16 

Es una condena divina de los pecados que se cometen en Jerusalén. Se subrayan las injusticias y los fraudes (vv. 10-11): el bat (v. 10) era una medida de capacidad de líquidos, equivalente a unos 21 litros, y la efah, una medida de capacidad de áridos, equivalente a un bat (cfr Ez 45,11).

Pero, de la misma manera que la virtud engendra virtud, el pecado engendra pecado: la injusticia de los ricos les conduce a la violencia y a la mentira (v. 12). Por ello, el Señor anuncia un castigo: la esterilidad del trabajo (vv. 13-15). Pero también presiente que ni siquiera así conseguirá la enmienda. Por eso, como conclusión de toda la advertencia, aparece el v. 16. Los pecados de Jerusalén empiezan a parecerse a los pecados de Israel —Omrí (885-874 a.C.) y Ajab (874- 853 a.C.), reyes de Israel, eran bien conocidos por sus faltas contra la Ley del Señor (cfr 1 R 16,23-34)—, y el resultado no puede ser muy diferente: la destrucción del país y la deportación del pueblo a otras tierras.

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