COMENTARIO

 Mi 7,8-10 

Probablemente, estas palabras hay que situarlas en el contexto del destierro: Jerusalén ha caído y está en manos de sus enemigos. Pero, para el israelita, que es una persona de fe, esta caída es consecuencia de los pecados, y por tanto el Señor la volverá a levantar cuando Jerusalén los haya purgado (v. 9). El Señor no permanece impasible ante la desgracia de sus elegidos y siempre les hace justicia (vv. 9-10); por eso espera, porque «el Señor es mi luz» (v. 8).

Las expresiones de desquite de los enemigos presentes en estos versículos difícilmente se podían compaginar con el mandato del amor del Señor. De ahí que, teniendo presente que el Nuevo Testamento llama enemigos del hombre al diablo y a la muerte (cfr 1 Co 15,26), este oráculo se pudiera leer alegóricamente como el triunfo del Señor sobre ellos: «Porque, aunque recibió la muerte por nosotros, sin embargo resucitó y escarneció al enemigo, cuya victoria destrozó y cuyo aguijón de muerte quebró. Y nosotros, aunque en el mundo estamos apesadumbrados, y el enemigo se alegra de nuestra tristeza y nuestra contrición del corazón; sin embargo, al resucitar, destruiremos su alegría. Por lo que Miqueas dijo: No te alegres a mi costa, enemiga mía: si caí, me levantaré. Porque la resurrección disolvió las cadenas del enemigo, y su triunfo se expande hacia todas las cosas» (S. Ambrosio de Milán, Enarrationes in XII psalmos 40,34,2).

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