COMENTARIO
Ahora se desencadena el desconcierto del profeta. Habacuc reconoce la soberanía de Dios que ha suscitado a ese pueblo «para hacer justicia» y «para corregir» (1,12). Pero lo que no entiende no es el qué de la corrección, sino el cómo: ¿cómo es posible que el Señor, que es el Santo inmortal (1,12), que no soporta el mal y la iniquidad (1,13), haya elegido para la corrección a un traidor e impío (1,13)? Y a continuación desarrolla en qué consisten la traición y la impiedad del invasor. Con la imagen de la pesca explica la traición: los hombres, los justos (cfr 1,13), son como los peces que viven en su habitat natural, el mar, y el invasor es como el pescador que con anzuelo, red y copo (1,15) los apresa y los mata. Pero la traición se transforma en impiedad, ya que el invasor se alegra de sus obras, es más, adora a aquello que le da poder (1,16-17; cfr 1,11). Es posible que en esta imagen se aluda a algunos pueblos de Oriente que ofrecían un sacrificio anual a su espada como imagen de su dios guerrero (Heródoto, Historia 4,62), pero en la tradición bíblica es constante la asimilación entre la idolatría y la seducción del poder: «La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6,24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia”, negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113).
Pero el profeta es un hombre de fe: aunque no entiende, espera con atención (cfr 2,1), porque sabe que Dios no le fallará: «Escucha —dice San Bernardo— las palabras del profeta Habacuc (…): Me pondré de centinela, en pie vigilaré, velaré para escuchar lo que me dice, qué responde a mis quejas. También nosotros, queridos hermanos, pongámonos de centinela, porque es tiempo de lucha. Adentrémonos en lo íntimo del corazón, donde vive Cristo. Permanezcamos en la sensatez, en la prudencia, sin poner la confianza en nosotros, fiándonos de nuestra débil guardia» (Sermones de diversis 5,4).