COMENTARIO

 So 1,7-13 

Se impone el silencio «porque se acerca el día del Señor» y «porque el Señor ha preparado un sacrificio» (v. 7): es un silencio religioso, porque el día del Señor comporta un momento de juicio, y litúrgico, porque es el silencio que debe guardarse durante un sacrificio ritual. Tras la condena de la idolatría de los versículos anteriores, ahora se denuncia la corrupción moral: se amonesta en primer lugar a los jefes del pueblo que imitan las costumbres extranjeras hasta en el vestido (v. 8), a los sacerdotes, o a los encargados del Templo, que defraudan en el Templo del Señor (v. 9), a los comerciantes que se han convertido en traficantes (vv. 10-11), y a los cínicos, ateos prácticos, que actúan como si Dios no existiera (v. 12). El día del juicio manifestará la esterilidad de todas esas búsquedas vanas e inicuas del dinero (v. 13).

Así lo enseñaba el Cardenal John H. Newman: «Las buenas obras nos siguen, las malas nos siguen; y ninguna otra cosa tiene valor, ninguna otra cosa es más que broza. El torbellino y la danza de los asuntos mundanos no es sino como el torbellino de la broza y el polvo, del cual nada resulta. Dura en el día, pero no se le encuentra a la noche. Y, sin embargo, cuántas almas inmortales gastan su vida en nada mejor que aturdirse en este torbellino de ideas políticas, de partido, de opiniones religiosas o de cómo ganar dinero, de todo lo cual nunca puede resultar nada. (…) Cuando lleguemos a la presencia de Dios, se nos preguntarán dos cosas: si estábamos en la Iglesia y si trabajábamos en la Iglesia. Todo lo demás no tiene valor» (Sermones, Domingo de Septuagésima).

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