COMENTARIO

 So 3,6-8 

Ahora es el Señor quien habla. Los castigos a las naciones deberían haber servido de advertencia para que Judá se decidiera a corregirse (vv. 6-7). Sin embargo, ha actuado perversamente (v. 7). La maldad de Judá acarreará la ira del Señor, que arrastrará toda la tierra a la perdición (v. 8), en cierto paralelismo con el pecado de Adán, que introdujo el mal y la muerte en la tierra (Gn 3,17-18). Como al comienzo del libro (1,2-3), subyace aquí el concepto de la conexión de la conducta humana con el resto de la creación. El oráculo vuelve al lenguaje apocalíptico para expresar el juicio de Dios sobre la tierra, maldita por el pecado humano. El v. 8 es aducido por San Cipriano, para exhortar a conservar la paciencia en las persecuciones: «Puesto que muchos, angustiados por el peso de las injurias o doloridos por los ataques de quien los persigue, desean ser pronto vengados, no puedo, en conclusión, callar que en los torbellinos tempestuosos de este mundo, en las persecuciones de los judíos o de los paganos y herejes, debemos esperar con paciencia el día de la reivindicación, y no debemos pedir con lamentos impacientes el castigo por los dolores que nos han infligido; en efecto, está escrito: Espérame, dice el Señor, en el día venidero de mi resurrección; porque mi decisión es congregar las naciones y reunir los reyes y derramaré sobre ellos mi ira» (De bono patientiae 21).

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