COMENTARIO
A lo largo del libro (1,2-3; 2,11; 3,6-8), el profeta ha ido poniendo de manifiesto la relación entre Judá y el resto de los pueblos. Ahora, cuando se inician los oráculos de bendición, se recoge una promesa de salvación universal. De ahí que el Concilio Vaticano II haya visto en este texto un anuncio profético del día en que los pueblos invocarán al verdadero Dios: «Como afirma la Sagrada Escritura (…), juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol la Iglesia espera el día, conocido sólo por Dios, en que todos los pueblos con una sola voz invocarán al Señor y “le servirán bajo el mismo yugo” (So 3,9)» (Nostra aetate, n. 4).