COMENTARIO
El primer oráculo recoge el mensaje de Ageo (vv. 2-11) y la respuesta positiva por parte de sus oyentes (vv. 12-15). Las palabras del profeta se destinan a los dirigentes del pueblo mencionados antes (1,1) pero también al resto del pueblo (v. 14). En su oráculo, el profeta juega con tres conceptos: el «momento», la «casa», y la invitación a «reflexionar». El punto de partida de la argumentación es la frase que va diciendo el pueblo: «Aún no ha llegado el momento de construir el Templo del Señor» (v. 2). El profeta ironiza sobre esta afirmación reprochándoles que para ellos ha llegado el «momento» de construirse una buena casa mientras dejan de lado la construcción del Templo —literalmente, el texto dice la «Casa» (vv. 2.4.8.9)— del Señor. Por ello, por dos veces (vv. 5.9), el profeta les invita a reflexionar sobre su conducta, y a comprobar que sus esfuerzos han sido ineficaces: mucho trabajo que no ha producido nada (vv. 6.9). Todo esto lleva a la conclusión del mensaje (vv. 9-12): la tierra no produce frutos por la desidia de los hombres con su Dios, que es el Señor de la naturaleza.
Este aliento del profeta para reconstruir el Templo puede parecer un mensaje pobre en medio de la altura moral que encontramos en los libros proféticos. Sin embargo, expresa una fe muy profunda: el pueblo, que tiene su origen en Dios, no podrá descubrir su identidad si no percibe a Dios en medio de él. Este sentido del texto queda declarado en el centro del oráculo: «Yo me complaceré en él y seré glorificado» (v. 8). La expresión hay que entenderla en el contexto de otros textos bíblicos que afirman la condescendencia de Dios con su pueblo: «Porque el Señor ha elegido a Sión, la ha preferido como su morada: Éste es el lugar de mi reposo para siempre» (Sal 132,13-14). Una consecuencia lógica de esta realidad es que los hombres ofrezcamos lo mejor de nosotros a Dios, y que esa ofrenda se manifieste también en la belleza de la ornamentación de los Templos, ya que las artes «están relacionadas por su naturaleza con la infinita belleza divina, que se intenta expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más se dedican a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria, cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente a Dios» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 122).
Los vv. 12-15 recogen la respuesta del pueblo. El texto reproduce una concatenación de acciones muy reveladora: los oyentes «escuchan» el oráculo y se llenan del «temor de Dios» (v. 12); Dios entonces se adelanta y les conforta con la promesa que han escuchado siempre los líderes de Israel, «Yo estoy con vosotros» (v. 13; cfr Gn 26,3; 31,3; Ex 4,12; Jos 1,5; etc.); además, enardece su espíritu para que se pongan a trabajar en la reedificación (v. 14). Han pasado veinticuatro días (v. 15; cfr v. 1) desde las primeras palabras de Ageo, pero el Señor ha conseguido su objetivo. De su rica experiencia en el trato con Dios, Santa Teresa de Jesús dijo unas palabras que bien podrían aplicarse a este lugar: «Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le dan; mas no se da a Sí del todo hasta que ve que nos damos del todo a Él» (Camino de perfección 48,4).