COMENTARIO
La observación cronológica del v. 1 —correspondiente al 17 octubre del 520 a.C.— sitúa un nuevo discurso profético. Ha transcurrido menos de un mes de la fecha de 1,15 y da la impresión de que han trabajado intensamente, pero los resultados podían desanimar, sobre todo a los más ancianos que conocieron la magnificencia del Templo de Salomón (v. 3). Coincide con lo que nos dice el libro de Esdras: «Cuando se pusieron los cimientos de este Templo delante de sus ojos, muchos de los sacerdotes, levitas y cabezas de familia ancianos, que habían visto el primer Templo, empezaron a llorar con grandes gemidos» (Esd 3,12). Por otra parte, la situación es lógica: no es lo mismo construir un Templo en una época de esplendor como la de Salomón, con las riquezas al alcance de la mano, que hacerlo ahora con las ciudades medio derruidas, los campos abandonados, etc. De ahí también el tono alentador del oráculo de Ageo: el Señor renueva las promesas del éxodo (vv. 4-5), cuando, de un grupo de esclavos, hizo una nación, y además promete para el nuevo Templo muchos más bienes que para el primero: si el Templo de Salomón se definía por su gloria (v. 3), el nuevo Templo estará lleno de gloria (v. 7), de mayor gloria que el primero (v. 9); además, será fuente de paz (v. 9), y centro de las naciones (v. 7; cfr Is 60,7-11). El lenguaje de estos versículos es semejante al de los textos apocalípticos de otros profetas (cfr por ej. Is 2,2; Am 5,8; So 1,4). El tono de las expresiones de Ageo hace que estos versículos pudieran interpretarse como una profecía de Cristo y de la Iglesia: «La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de la ley, o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras (…). En verdad, la gloria del nuevo templo, es decir, la Iglesia, es mucho mayor que la del antiguo. Quienes se desviven y trabajan solícitamente en su edificación obtendrán, como premio del Salvador y don del cielo, al mismo Cristo, que es la paz de todos, por quien “podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu”; así lo declara el mismo Señor, cuando dice: “En este sitio daré la paz a cuantos trabajen en la edificación de mi templo”» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarius in Aggaeum 14).
Este tono mesiánico es más claro aún en el v. 7. En la frase: «Vendrán los tesoros de todas las naciones», la palabra traducida por «tesoros» tiene un amplio campo semántico: la raíz hebrea, a la que pertenece el sustantivo, significa desear, querer, complacerse; en el uso del hebreo, el sustantivo viene a significar, lo deseado, las riquezas, los tesoros. La frase fue traducida por la Vulgata: «Vendrá el Deseado de todas las gentes», lo que implica una alusión directa al Mesías; de ahí que el texto pasara a la liturgia del tiempo de Adviento, y fuera en la catequesis uno de los nombres de Cristo: «Abre, Virgen dichosa —exclamaba San Bernardo— el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta» (S. Bernardo, Homiliae super Missus est 4,8).