COMENTARIO
En la misma fecha, se data el oráculo mesiánico para Zorobabel. Los vv. 21-22 son un eco de la promesa anterior sobre la futura gloria del Templo: la conmoción de cielos y tierra (v. 21; cfr 2,6), la paz frente a la guerra (v. 22; cfr 2,9) y el temor de las naciones (v. 22; cfr 2,7); sólo que ahora se concretan en Zorobabel (v. 23) que es «siervo», «elegido» y «sello» del Señor. Este lenguaje empleado para hablar de Zorobabel es característico del futuro Mesías, y por eso pudo aplicarse a Jesucristo: «Y como el mensaje es místico, se refiere al fin del universo, y por eso le mandan al profeta que hable exclusivamente a Zorobabel, que es tipo y antecesor de Cristo, porque ya hemos mostrado que Cristo tomó un cuerpo de la descendencia de David (…). Después de destruir tronos y poderes reinantes, cuadrigas y caballos y jinetes, ese día, dice el Señor omnipotente, tomaré a Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío. Le llama siervo porque tomó un cuerpo humano y porque el Hijo se someterá al que se lo sometió todo (1 Co 15,28). Cuando todo esto se cumpla, Dios lo pondrá como un sello en su mano: el Padre lo ha marcado con su sello (Jn 6,27), y es imagen del Dios invisible y forma de su sustancia (cfr Hb 1,3). Pues a todo el que cree en Dios lo marcará con ese anillo» (S. Jerónimo, Commentarii in Aggaeum 2).