COMENTARIO
Lo que ahora ve y oye el profeta concierne a la ciudad de Jerusalén. Ésta va a ser remodelada como ciudad abierta y sin murallas; será defendida por Dios mismo y de esa forma podrá acoger a muchos habitantes. El hombre con la cuerda de medir es un ángel igual que el que habla a Zacarías y el otro que le comunica el mensaje. La imagen de medir la ciudad a fin de que sea reconstruida viene tomada de Ez 40-42; Jr 31,38-40, y continúa utilizándose en Ap 11,1.
A la visión sigue un oráculo (vv. 10-15) en el que habla el Señor por medio del ángel. En él invita a los judíos a abandonar Babilonia y volver a la tierra. Recoge una llamada que se encuentra también en los profetas Isaías y Jeremías (cfr Is 48,20; Jr 50,8; 51,6). Quizás algunos se resistían a hacerlo. Dios promete que allí tendrán seguridad frente a las naciones porque son su pueblo amado —como la niña de sus ojos (v. 12)— y su ángel les defenderá. Además, Él pondrá allí su morada y muchas naciones pasarán a ser su pueblo (v. 14-15).
Presencia del Señor, seguridad frente a los enemigos y medio para que las naciones lleguen a ser pueblo de Dios, tales son las notas que van a caracterizar a Judá y Jerusalén a la vuelta del destierro. En este sentido está prefigurada la Iglesia. San Jerónimo, comentando el v. 8, señala: «Todas estas cosas, según el sentido espiritual, se interpretan en la Iglesia, que es habitada sin muro, o como traduce la Septuaginta, katákarpos, es decir, con abundancia de todos los frutos, y tiene multitud de hombres y de jumentos (…). Los hombres y los jumentos se interpretan como dos pueblos, el de los judíos y el de los gentiles, porque los que viviendo conforme a la Ley llegaron a la fe de Cristo son llamados hombres; en cambio, nosotros, que siguiendo la idolatría estuvimos como en el desierto respecto de la Ley y en la soledad respecto a los profetas y recibimos su pasión, debemos ser llamados jumentos (…). Pero estos animales oyen la voz del buen pastor, y le conocen y le siguen» (Commentarii in Zachariam 2,4).