COMENTARIO
El Israel que ha vuelto del destierro y comienza una nueva andadura en Judá y Jerusalén ha de contar con un sacerdocio purificado y renovado. El profeta ve esa purificación realizada en el sacerdote Josué que volvió con los desterrados (cfr Esd 2,2; Ne 7,7). La ve en forma de un juicio en el que el Señor pasa por alto los pecados anteriores del pueblo, representados en las vestiduras sucias del sacerdote, y ordena revestir a Josué de santidad —vestidos de fiesta— y constituirle sumo sacerdote —diadema limpia—. Satán no es aquí el demonio, sino el ángel acusador y enemigo de los hombres, lo mismo que en Jb 1,6. En otros lugares se esclarecerá que también es enemigo de Dios (cfr 1 R 22,22; Sb 2,24). La Neovulgata, siguiendo la versión siriaca, traduce en el v. 2: «El ángel del Señor dijo a Satán».
El sacerdote, renovado en santidad, debe distinguirse por cumplir la Ley del Señor, para, de esa forma, tener autoridad sobre el Templo y participar de la gloria de los ángeles (v. 7). El Señor anuncia también que la santidad de los sacerdotes presagia el advenimiento del Mesías, llamado aquí «Brote» (v. 8) como en Is 4,2; Jr 23,5; 33,15. Esa santidad de los sacerdotes y del pueblo es como la garantía de la proximidad de la era mesiánica que se espera a través de Zorobabel, descendiente de David. A ese descendiente se refiere el término «brote» (cfr Jr 23,5), y probablemente también la «piedra» (v. 9) con siete ojos, símbolo de la plenitud de sabiduría e inteligencia (cfr Sal 118,22-23; Is 8,13-15; 28,16; Dn 2,34), aunque esa piedra podría también indicar el Templo. En cualquier caso, se promete una era de paz y felicidad simbolizada en estar juntos bajo la parra y la higuera (v. 10). El término «brote», sin embargo, es traducido por los Setenta como «oriente», y así aparece en la Vulgata: oriens. En el canto del Benedictus (cfr Lc 1,78) se dará ese título a Jesucristo, pues Él es el Mesías descendiente de David y anunciado por los profetas: «Él era el Oriente, es decir, el Sol de justicia. Surgió y nos iluminó a nosotros que vivíamos como en la oscuridad, y no sólo esto sino que a nosotros, que estábamos, como de noche y en el sueño, entorpecidos por placeres mundanos y teníamos los ojos de la mente oscurecidos, nos despertó a la templanza y nos volvió resplandecientes con su gracia» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarius in Zacchariam 3,8-9).
El sacerdote Josué (cuyo nombre en hebreo es también Jesús) cubierto de sucias vestiduras ha sido interpretado por los Padres en sentido alegórico como representando a Jesucristo revestido de nuestra carne manchada: «Tenía vestiduras manchadas, pues llevaba mis pecados; tomó nuestras vestiduras, para revestirnos del esplendor de la inmortalidad» (S. Ambrosio, Expositio psalmi CXVIII 5,4).