COMENTARIO

 Za 5,1-4 

Al profeta se le da a conocer un nuevo rasgo de aquel pueblo que se está asentando en la tierra: en él no habrá pecadores, pues quienes cometan pecado serán destruidos. Dios quiere un pueblo santo. Éste es el significado de la visión. El libro (literalmente, «rollo»), de proporciones desmesuradas pues sus medidas son las mismas que las del pórtico del Templo de Salomón (cfr 1 R 6,3), contiene las maldiciones que recaerán sobre los pecadores. Éstos son tipificados en el ladrón y en el que jura en falso por el nombre del Señor —tercer y octavo mandamiento de la Ley—, es decir, abarcan al que perjudica al prójimo y al que falta al respeto al nombre de Dios. Teodoreto de Ciro ve que en estos dos pecados también se resumen todos, ya que van contra el precepto del amor a Dios y al prójimo: «La transgresión del juramento es la principal impiedad: el que lo hace está privado del amor de Dios; y el robo muestra la maldad contra el prójimo: nadie que ama al prójimo se dispone a hacerle el mal» (Interpretatio in xii prophetas minores 5,4).

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