COMENTARIO

 Za 9,11-17 

Esta proclamación profética se dirige también a Jerusalén y a Judá considerados ahora como pueblo de la Alianza. La «sangre» del v. 11 recuerda el sacrificio que selló el pacto del Sinaí (cfr Ex 24,8). Primero habla el Señor (vv. 11-13); después el profeta (vv. 14-17). Pero sus voces se funden en las mismas promesas: liberación y retorno de los desterrados (vv. 11-12), victoria del pueblo unido (Samaría y Judá) sobre los invasores y la concesión por parte del Señor de salvación y prosperidad. San Agustín, que veía en el v. 11 un anuncio de la remisión de los pecados que Cristo habría de obrar, interpreta el «aljibe sin agua» como «la profundidad seca y estéril de la miseria humana, en la que no corren los ríos de la justicia, sino el fango de la iniquidad» (De civitate Dei 18,35). Yaván designa las gentes del Mediterráneo oriental, entre ellas a los griegos. Su mención en este pasaje hace suponer que esta segunda parte del libro de Zacarías fue compuesta tras la expansión griega de Alejandro Magno.

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