COMENTARIO

 Za 12,1-9 

La referencia a la creación del mundo y del hombre por parte de Dios da solemnidad al oráculo y pone de relieve la omnipotencia con la que ahora Dios va a decidir el destino de su pueblo. Israel no significa aquí el reino del Norte sino todo el pueblo (v. 1). La idea conductora del pasaje es la victoria de Jerusalén y Judá sobre todos los pueblos de la tierra que las asediarán. Se habla primero de Jerusalén y luego de Judá como de dos entidades diferentes, dando la mayor relevancia unas veces a la ciudad (vv. 3-4), otras a la región (vv. 6-7). Incluso se percibe cierto antagonismo entre ambas, que podría ser reflejo de reivindicaciones de los habitantes del campo frente a los de la ciudad (cfr v. 7), o de enfrentamientos serios entre unos y otros por cuestiones políticas y económicas tras haberse roto la unidad. Para describir que ambas, Jerusalén y Judá, van a ser motivo de desgracia para sus enemigos se utilizan imágenes novedosas, tales como la de la «copa ponzoñosa» (v. 2) —aludiendo quizá a la copa de la ira de Dios en Is 51,17—, la de la «piedra de alzar» que aplasta a quien intenta levantarla (v. 3), las del «brasero encendido» y la «tea llameante» que queman a quien se acerca a ellos (v. 6). Se señala la realización mesiánica en «aquel día» al presentar a la «casa de David» guiando al pueblo (v. 8) como lo hacía el Señor por medio de su ángel en el desierto (cfr Ex 14,19; 23,20; etc.).

San Buenaventura se inspiraba en el v. 6 y en Is 31,9 para comentar: «Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión» (Itinerarium mentis in Deum 7,6).

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