COMENTARIO

 Za 13,1-6 

Otros rasgos del tiempo escatológico serán la purificación del pueblo mediante el agua de una fuente extraordinaria puesta por Dios, y la desaparición de todo lo relacionado con los falsos dioses. La purificación del pecado y de la impureza es la purificación interior o del corazón como en Lv 14,8-9, consecuencia de la Alianza Nueva que Dios habría de hacer con su pueblo (cfr Jr 31,34; Ez 36,25). De los ídolos no quedará ni memoria, y los falsos profetas al servicio de los cultos idolátricos (el «espíritu inmundo») desaparecerán del país pues los matarán sus mismos padres si los encuentran profetizando (v. 3). Los mismos que hacen de profetas se avergonzarán de sus visiones, renunciarán a los signos que los distinguían, tales como los vestidos al modo de Elías (cfr 2 R 1,8), reconocerán que no son profetas (v. 5) y disimularán acerca de las incisiones que se hayan hecho en sus éxtasis cultuales (v. 6; cfr 1 R 18,28). El énfasis puesto aquí sobre tales profetas y su desaparición indica que existieron realmente en los tiempos posteriores a la vuelta del destierro (cfr Ne 6,12-14), y que podían representar un peligro para el pueblo al presentarse hablando falsamente en nombre de Dios. De ahí que en la perspectiva del libro se considere la desaparición de la institución profética como una característica de los tiempos escatológicos.

En la tradición cristiana, las palabras del v. 6 han sido aplicadas en sentido alegórico a Cristo, herido por nuestros pecados. San Josemaría Escrivá, al meditar en la pasión del Señor, citaba estas palabras del profeta y añadía: «Mira a Jesús. Cada desgarrón es un reproche; cada azote, un motivo de dolor por tus ofensas y las mías» (Via Crucis, 1,5).

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