COMENTARIO
Con la venida del Señor la creación será transformada. No habrá sucederse de estaciones, sino una primavera eterna; no habrá noche u oscuridad sino un día sin fin (v. 6). Jerusalén será un gran manantial de agua y desde ella reinará el Señor sobre toda la tierra; la región de Judá y Jerusalén se transformará en una gran llanura en la que se habitará en paz (vv. 10-11). Con estas imágenes se expresa la esperanza en que Dios al final establecerá su reino en este mundo, y en que la creación misma será maravillosamente renovada allí donde se encuentre el Señor. Las «aguas vivas» del v. 8 significan fecundidad y vida (cfr Ez 47,1-12). A la luz de la economía cristiana entendemos que «el simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que, después de la invocación del Espíritu Santo, ésta se convierte en el signo sacramental eficaz del nuevo nacimiento. (…) El Espíritu es, pues, personalmente el Agua viva que brota de Cristo crucificado (cfr Jn 19,34; 1 Jn 5,8) como de su manantial y que en nosotros brota en vida eterna (cfr Jn 4,10-14; 7,38; Ex 17,1-6; Is 55,1; Za 14,8; 1 Co 10,4; Ap 21,6; 22,17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 694).