COMENTARIO
El reinado de Dios en este mundo tendrá que ser reconocido por todas las naciones. En el lenguaje de la profecía esa necesidad se expresa en que todas las naciones, y especialmente Egipto, enemigo clásico de Israel, habrán de subir en peregrinación a Jerusalén por la fiesta de los Tabernáculos para obtener lluvia y librarse de las plagas. En la tierra santa todo estará consagrado al Señor o dedicado a su culto; pero será un culto sin afán comercial, puro. Así Dios, que «puso los cimientos de la tierra y formó el espíritu del hombre» (12,1), establece su reinado en la tierra y atrae hacia Él y hacia su Templo el espíritu de todos los hombres.
En el Nuevo Testamento se mantiene la esperanza que infunden estas profecías y se fundamenta e ilumina por Nuestro Señor Jesucristo. Con Él llega ya el Reino de Dios a este mundo (cfr Mt 4,17; 10,7; Lc 10,9; etc.); pero será en su segunda venida cuando se instaure plenamente, transformando la creación entera (cfr Rm 8,16-30), venciendo y haciendo desaparecer a los poderes del mal (Ap 20,10), y viviendo Él para siempre en medio de los hombres (Ap 21,1-5). La imagen de una nueva Jerusalén gloriosa que baja del cielo tal como la describe Ap 21-22 completa la representación que ofrece el libro de Zacarías.