COMENTARIO

 Za 14,16-21 

El reinado de Dios en este mundo tendrá que ser reconocido por todas las naciones. En el lenguaje de la profecía esa necesidad se expresa en que todas las naciones, y especialmente Egipto, enemigo clásico de Israel, habrán de subir en peregrinación a Jerusalén por la fiesta de los Tabernáculos para obtener lluvia y librarse de las plagas. En la tierra santa todo estará consagrado al Señor o dedicado a su culto; pero será un culto sin afán comercial, puro. Así Dios, que «puso los cimientos de la tierra y formó el espíritu del hombre» (12,1), establece su reinado en la tierra y atrae hacia Él y hacia su Templo el espíritu de todos los hombres.

En el Nuevo Testamento se mantiene la esperanza que infunden estas profecías y se fundamenta e ilumina por Nuestro Señor Jesucristo. Con Él llega ya el Reino de Dios a este mundo (cfr Mt 4,17; 10,7; Lc 10,9; etc.); pero será en su segunda venida cuando se instaure plenamente, transformando la creación entera (cfr Rm 8,16-30), venciendo y haciendo desaparecer a los poderes del mal (Ap 20,10), y viviendo Él para siempre en medio de los hombres (Ap 21,1-5). La imagen de una nueva Jerusalén gloriosa que baja del cielo tal como la describe Ap 21-22 completa la representación que ofrece el libro de Zacarías.

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