COMENTARIO
El evangelio reseña, por tercera vez (cfr 4,25; 5,1), el seguimiento de las gentes a Jesús. Así queda constancia de la popularidad que había alcanzado (v. 1). En esta curación destacan la fe del leproso en el poder de Jesús y cómo Jesús no busca su propia fama.
Según el libro del Levítico (Lv 13,45-46), el leproso debía vivir aislado, vestir con la ropa rasgada, llevar el cabello suelto, y gritar que estaba impuro para no contagiar a la gente. Si se curaba de su enfermedad, debía presentarse ante el sacerdote, quien constataba la curación y extendía el certificado que le declaraba sano y le permitía reintegrarse a la vida civil y religiosa de Israel (cfr Lv 14,1ss.). La escena señala la misericordia de Jesucristo y manifiesta también su respeto por lo establecido en la Ley. Pero más allá de esas enseñanzas, el episodio, como tantas veces sucede en el evangelio, se llena de significado para nosotros: «¿Por qué le tocó el Señor, cuando la ley prohibía tocar a los leprosos? (…) Le tocó para demostrar humildad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, para no odiar a nadie en razón de las heridas o manchas del cuerpo (…). Consideremos ahora, queridísimos hermanos, que no haya lepra de ningún pecado en nuestra alma, que no retengamos en nosotros ninguna contaminación de culpa, y si la tuviéramos, al instante, adoremos al Señor y digámosle: Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Orígenes, Homiliae in Matthaeum 2,2-3).