COMENTARIO
Los gestos y palabras de Jesús en la Última Cena tuvieron especial densidad de significado. También en el relato de la institución de la Eucaristía, los evangelistas se fijaron en algún aspecto más que en otros (cfr notas a Mc 14,22-25 y Lc 22,7-20). San Mateo es el único en recordar las palabras de Jesús sobre el carácter de expiación por los pecados que tendrá su muerte (v. 28). Las palabras del Señor vienen a dar plenitud al designio salvador de Dios. «Este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (…). La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 601).
En esta breve escena se contienen las verdades fundamentales de la fe en el sublime misterio de la Eucaristía: «Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 47).
En primer lugar, estamos ante la institución del Sacramento y la presencia real de Jesucristo. Al pronunciar las palabras: «Esto es mi Cuerpo…, ésta es mi Sangre…», lo que no era más que pan ácimo y vino de vid, pasa a ser —por las palabras y la voluntad de Jesucristo— su Cuerpo y su Sangre. Sus palabras no admiten interpretaciones de carácter simbólico ni explicaciones que oscurezcan la misteriosa verdad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía: sólo cabe ante ellas la respuesta humilde de la fe que siempre mantuvo la Iglesia Católica: «La perpetua instrucción impartida por la Iglesia a los catecúmenos y el sentido del pueblo cristiano, la doctrina definida por el Concilio de Trento y las mismas palabras de Cristo al instituir la Santísima Eucaristía, nos exigen profesar que la Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados y al que el Padre, por su bondad, ha resucitado. A estas palabras de San Ignacio de Antioquía, nos agrada añadir las de Teodoro de Mopsuestia, fiel testigo en esta materia de la fe de la Iglesia, cuando decía al pueblo: Porque el Señor no dijo: esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto es un símbolo de mi sangre, sino: esto es mi cuerpo y mi sangre» (Pablo VI, Mysterium fidei, n. 5). La doctrina cristiana confiesa también que este sacramento no sólo tiene virtud de santificar sino que contiene al propio Autor de la Santidad; fue instituido por Jesús para que fuera alimento espiritual del alma. Por él se nos perdonan los pecados veniales y se nos dan fuerzas para no caer en los mortales: nos une con Dios de tal manera que es una prenda de la gloria futura.
Además, al instituir la Eucaristía, el Señor mandó que se repitiera hasta el fin de los tiempos (cfr Lc 22,19; 1 Co 11,24-25, y notas) dando a los Apóstoles el poder de realizarlo. Así pues, según este pasaje, completado por los relatos de San Pablo y San Lucas en los lugares citados, Cristo instituyó también el sacerdocio, concediendo a los Apóstoles el poder de consagrar, que éstos transmitieron a sus sucesores.
Finalmente, en la Última Cena, Cristo adelantó, de modo incruento, su próxima pasión y muerte. Cada Misa que se celebra desde entonces renueva el Sacrificio del Salvador en la Cruz, pues la Santa Misa «no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima propiciatoria» (Pío XII, Mediator Dei).
La expresión «que es derramada por muchos…» (v. 28) equivale a «que es derramada por todos». Se cumple así la profecía de Is 53,1-12.