COMENTARIO
En tiempos de Jesús, los fariseos habían establecido prescripciones detalladas para el cumplimiento de la Ley, que, desprendidas de su espíritu, se convirtieron en una pesada carga (cfr 7,1-13; Hch 15,10; etc.). Con un ejemplo (vv. 25-26) y una frase proverbial (v. 27), Jesús explica que tales preceptos deben ceder ante la ley natural: el precepto del sábado no puede estar por encima de las necesidades de la subsistencia. El Concilio Vaticano II se inspira en este pasaje para subrayar el valor de la persona humana: «La ordenación de las cosas debe someterse al orden personal y no al contrario» (Gaudium et spes, n. 26). Pero, sobre todo, Jesús se presenta como «señor del sábado» (v. 28): si tenemos presente que el precepto del sábado es de institución divina, Jesús se está presentando implícitamente como Dios.
Los panes de la proposición (vv. 25-26) eran doce panes recién cocidos, que se colocaban cada semana en la mesa del santuario como homenaje de las doce tribus de Israel al Señor (cfr Lv 24,5-9). Los panes reemplazados quedaban reservados para los sacerdotes que atendían el culto. La conducta de Abiatar (cfr 1 S 21,7) se fundaba en la práctica del Antiguo Testamento, donde los preceptos de la Ley de menor rango cedían ante los principales.
Cristo restituye al descanso semanal toda su fuerza religiosa (v. 27). No se trata del mero cumplimiento de unos preceptos legales, ni de preocuparse sólo de un bienestar material: el sábado pertenece a Dios y es un modo, adaptado a la naturaleza humana, de descansar y de rendir gloria y honor al Todopoderoso. La Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, trasladó la observancia de este precepto al día siguiente, domingo —día del Señor—, para celebrar la Resurrección de Cristo (Hch 20,7).
«Hijo del Hombre» (v. 28). La expresión aparece en el Antiguo Testamento (cfr Dn 7,13ss.) para denominar al Mesías salvador que recibe el señorío, la gloria y el imperio sobre todos los pueblos y naciones. Por otra parte, la expresión es un simple sinónimo de la palabra «hombre» (cfr Ez 2,1ss.). Jesús se sirve de ella muchas veces —hasta 69 en los evangelios sinópticos— para designarse a sí mismo; probablemente para evitar la carga nacionalista que tenían otros títulos mesiánicos: hijo de David, Mesías, etc.