COMENTARIO

 Lc 16,16-18 

Ahora el evangelista recoge unas palabras del Señor, de contenido heterogéneo, pero con un horizonte preciso: el de la historia de la salvación (cfr v. 16). Jesús no ha venido a abolir la Ley (v. 17) sino a llevarla a plenitud: su doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio (v. 18) es un ejemplo de este proceder.

El v. 16 está casi en el centro del evangelio, y señala una idea recurrente en la obra del tercer evangelista: hay un plan de Dios, que ha escogido los tiempos y los lugares precisos hasta consumar la salvación de los todos los hombres a través de Jesucristo: «La economía del Antiguo Testamento está esencialmente ordenada a preparar y anunciar la venida de Cristo, Redentor del universo, y de su Reino mesiánico. Los libros de la Antigua Alianza son así testigos permanentes de una atenta pedagogía divina. En Cristo esta pedagogía alcanza su meta: Él no se limita a hablar “en nombre de Dios” como los profetas, sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo eterno hecho carne. (…) Jesucristo es el nuevo comienzo de todo: todo en Él converge, es acogido y restituido al Creador de quien procede. De este modo, Cristo es el cumplimiento del anhelo de todas las religiones del mundo y, por ello mismo, es su única y definitiva culminación. Si por una parte Dios en Cristo habla de sí a la humanidad, por otra, en el mismo Cristo, la humanidad entera y toda la creación hablan de sí a Dios, es más, se donan a Dios. Todo retorna de este modo a su principio. Jesucristo es la recapitulación de todo (cfr Ef 1,10) y a la vez el cumplimiento de cada cosa en Dios: cumplimiento que es gloria de Dios» (S. Juan Pablo II, Tertio millenio adveniente, nn. 6-7).

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