COMENTARIO

 Rm 2,1-24 

Según el modo de la diatriba o disputa de los filósofos estoicos, San Pablo se dirige a un imaginario interlocutor judío (cfr v. 17), haciéndole ver que nadie puede considerarse justo: todos los hombres, gentiles y judíos, son pecadores delante de Dios. El Apóstol enseña que la mera posesión de la Ley no es suficiente para salvarse. Dios, que es imparcial, juzgará a cada hombre y le otorgará la vida eterna o el castigo según su conducta, conforme a cómo ha cumplido la Ley (v. 13): primero juzgará a los judíos, de acuerdo con la Ley de Moisés; después a los gentiles, con arreglo a la ley de la naturaleza inscrita en su corazón, puesto que esa ley les permitía cumplir los preceptos morales que el Decálogo de Moisés determinaba más detalladamente (v. 14).

Estos versículos enseñan que Dios es remunerador justo, que retribuye a cada uno, con premio eterno o castigo, según su conducta; que es Juez imparcial ante el que no cuenta ser judío o gentil, sino el bien obrar de cada uno y su aceptación o su rechazo de la gracia; y que habrá un tiempo en que el Señor hará el juicio. A tenor de este y otros textos de la Escritura, la Iglesia enseña que dos son los momentos en los que a todos es preciso presentarse delante del Señor. El primero es al salir de esta vida y es llamado juicio particular. Y el otro es «cuando en un solo día y en un solo lugar comparecerán al mismo tiempo todos los hombres ante el tribunal del Juez supremo, para que, viéndolo y oyéndolo todos los hombres de todos los siglos, sepa cada uno lo que acerca de cada hombre se ha decretado y juzgado» (Catechismus Romanus 18,3).

La doctrina contenida en los vv. 14-15 tiene una importancia trascendental. Enseña que existe una ley que «está escrita y grabada en la mente de cada uno de los hombres, por ser la misma razón humana, mandando obrar bien y prohibiendo pecar» (León XIII, Libertas praestantissimum, n. 8), y que la conciencia y la ley son elementos complementarios: la conciencia aplica a cada caso la ley. Por eso, la conciencia ha sido llamada «la voz de Dios», que «resuena, cuando es necesario, en los oídos del corazón [del hombre], llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal. (…) La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 16). Pero la conciencia encuentra serias dificultades para conocer con claridad los contenidos de la ley, debido al oscurecimiento de la inteligencia y la debilitación de la voluntad a causa del desorden de los sentidos o imaginación y las malas concupiscencias; y por esto sucede que los hombres fácilmente se persuaden de que es falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero. Precisamente para superar estas dificultades Dios quiso revelar de modo sobrenatural la ley natural dejando, además, en su Iglesia la función magisterial de enseñar e interpretar sin error esas verdades de un modo concreto.

La diatriba con el imaginario interlocutor judío enfatiza en los vv. 17-24 la incoherencia del que posee en la Ley el modelo de la ciencia y de la verdad y no la aprende ni practica, llegando a ser escándalo para los gentiles. Con ella San Pablo muestra que los judíos no han sabido vivir conforme a lo que requería la Ley. Para el lector este pasaje constituye una llamada a comportarse coherentemente con la fe que profesa: «El buen ejemplo no sólo actúa fuera, sino que va a lo hondo y construye en el otro el bien más precioso y efectivo, que es el de la coherencia con la propia vocación cristiana» (S. Juan Pablo II, Alocución 20-II-1980).

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