COMENTARIO
El argumento sobre la necesidad que tienen los judíos de ser justificados por la gracia se centra ahora en la circuncisión (2,25-29) y en las promesas que ellos recibieron (3,1-8).
Por medio de la circuncisión el hombre participaba en la Alianza de Dios con Abrahán (Gn 17,10-11) y era heredero de las promesas. En virtud de aquella Alianza, el hebreo, circuncidado, quedaba obligado a cumplir toda la Ley de Moisés, lo cual era imposible por las solas fuerzas humanas. En cambio, los gentiles sin estar circuncidados podían cumplir algunos mandamientos de la Ley incluso mejor que los judíos. De ello se deduce que lo decisivo ante Dios no es la circuncisión en la carne sino la voluntad del hombre de cumplir los mandatos de Dios. Por eso Pablo afirma que la verdadera circuncisión no es la de la carne, sino «la del corazón» (2,29), es decir, el cumplimiento obediente de la ley de Dios. Dios, que ve el interior de todos, retribuirá a cada uno, por encima de apariencias externas.
Ante este argumento, un imaginario interlocutor judío podría plantear esta objeción: entonces, «¿en qué es superior el judío? ¿O cuál es la ventaja de la circuncisión?» (3,1). La respuesta que da San Pablo es que Dios confió al pueblo judío su Palabra, es decir, las promesas y la Ley. A pesar de tener estas promesas y la Ley, algunos judíos rechazaron a Cristo y lo crucificaron. Pero precisamente así se cumplieron las promesas de redención. De ese modo la incredulidad de aquéllos no frustró los designios de Dios (3,3).
Continuando el diálogo imaginario podría plantearse todavía otra cuestión: si el pecado de aquellos judíos no había menoscabado la fidelidad de Dios sino que redundó en su gloria (3,7), entonces Dios es injusto al rechazar a los judíos que no creyeron en Cristo (3,5.7). Pablo responde en 3,6 con una pregunta que reduce al absurdo el problema planteado: si Dios es injusto ¿cómo puede juzgar el mundo? Para un judío este argumento era eficaz y convincente (cfr Jl 4,12). Además añade otra razón (3,8) que lleva al límite el falso razonamiento de su interlocutor: según su línea argumental habría que hacer el mal para obtener el bien. Por eso concluye que los que afirman esto son condenados justamente (3,8b). La doctrina de Pablo es clara: Dios es fiel y nuestra propia infidelidad hace que brillen más sus planes de salvación.