COMENTARIO

 Rm 3,9-20 

Con un entramado de citas del Antiguo Testamento, según el uso de los rabinos, Pablo vuelve a mostrar la culpabilidad de todos los hombres, judíos incluidos. Tras una introducción (v. 9), describe la apostasía universal de la que ya habló el salmista (vv. 10-12) y detalla los pecados, de palabra (vv. 13-14) y de obra (v. 15), que los profetas habían fustigado (cfr Is 5,8-25; 59,2-8; Jr 8,8; Am 5,21; Ml 2,8; etc.). Añade que quienes pecan se encuentran sumidos en calamidad y miseria, faltos de paz y de temor de Dios (vv. 17-18), y que la Ley no tiene fuerza para hacer al hombre justo (vv. 19-20). La conclusión implícita es que, si, como dice la Escritura, todos han pecado, todos necesitan la justificación que viene de Dios, no la que procede de las obras de la Ley. Es la doctrina sobre la universalidad del pecado, que supone, a su vez, la universalidad de la redención (cfr 3,21-31): «Lo que la revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 13). Lógicamente, el triste panorama con que Pablo describe la humanidad no implica que no existieran hombres justos y piadosos (tanto en Israel como en otros lugares del mundo), que recibieron la gracia divina y obraron el bien en virtud de los méritos futuros de Cristo.

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