COMENTARIO

 Rm 4,1-25 

Concluye aquí el Apóstol la exposición que había sólo enunciado en 1,16-17, a saber, que la justicia de Dios hace justo al hombre a través de la fe, es decir, no a través de la naturaleza ni de la Ley.

Primero, acude a la autoridad de las Escrituras para confirmar su enseñanza sobre la justificación: Abrahán no fue justificado por las obras de la Ley sino por la fe (vv. 1-8), como dice Gn 15,6 y lo ratifica David con los salmos (vv. 6-8). Al decir «se le contó» (v. 3), Dios es comparado a un Señor que anota los créditos y deudas de sus siervos. En el caso de Abrahán, Dios anotó en la columna del haber no sus obras sino su fe, y por eso se dice que la fe le fue contada como justicia (santidad), como sueldo merecido. Se resalta así el carácter gratuito de la justificación. De aquí se desprende que el acto de fe es el primer paso para alcanzarla. No son, por tanto, las obras buenas las que producen la justificación, sino que es la justificación la que hace que las obras sean buenas y meritorias para la vida eterna: «El comienzo de la justificación por parte de Dios es la fe, que cree en el que justifica. Y esta fe, cuando se encuentra justificada, es como una raíz que recibe la lluvia en la tierra del alma, de manera que cuando comienza a cultivarse por medio de la ley de Dios, surgen de ella ramas que llevan los frutos de las obras. La raíz de la justicia no deriva de las obras, sino que de la raíz de la justicia crece el fruto de las obras» (Orígenes, Commentarii in Romanos 4,1).

Resalta el Apóstol (vv. 9-12) que la justicia que recibió Abrahán no fue efecto de la circuncisión, ya que recibió esa justicia (Gn 15,6) cuando aún no se había circuncidado (Gn 17,1ss.). Señala además (vv. 13-17a) que el objeto de la fe de Abrahán fue la promesa divina de ser padre de muchas gentes y de que en su descendencia serían bendecidas todas las naciones de la tierra (Gn 12,1-3; 15,5-6). Por eso, la promesa era independiente de la Ley, porque le fue hecha antes de que le fuera dada la Ley a Moisés, y porque se dirigía a todos los descendientes de Abrahán, que son los que tienen su misma fe, no sólo los judíos.

Explica también que la fe de Abrahán en una promesa que humanamente parecía imposible es modelo de la fe cristiana (vv. 18-25; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144). Lo que a él se le prometió se ha cumplido en nosotros al creer en Cristo, que murió y resucitó por todos los hombres (vv. 23-25): en esto también concuerdan nuestra fe cristiana y la del patriarca.

El v. 25, sobre el sentido de la muerte y la resurrección de Jesús, es oportuno para enseñarnos cómo la fe en Cristo es plenamente suficiente para alcanzar la justificación. Jesucristo nos ha obtenido todo por medio de su muerte y su resurrección: por su muerte ha expiado nuestros pecados; su resurrección es la prueba de que Dios ha aceptado su expiación y, en consecuencia, restablecido el orden destruido por el pecado.

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