COMENTARIO

 Rm 6,12-23 

La fuerza del pecado permanece incluso tras el don de la gracia ganada por Cristo. Por eso, Pablo exhorta, mediante la imagen de la esclavitud y de la libertad, a vivir conforme a la nueva condición de bautizados, y a no caer de nuevo bajo el pecado. Es posible que algunos pensaran que Pablo, con su predicación al margen del cumplimiento de las obras de la Ley, pudiera fomentar una conducta moral licenciosa. Tal vez para proteger su enseñanza de esa falsa interpretación, el Apóstol se extiende en estos versículos con advertencias contra las asechanzas de la concupiscencia. Los cristianos hemos de ser consecuentes con la situación de «justificados» (v. 22) y corresponder a esa gracia. «Nuestros antiguos pecados han sido eliminados por obra de la gracia. Ahora, para permanecer muertos al pecado después del Bautismo, se precisa el esfuerzo personal aunque la gracia de Dios continúe ayudándonos poderosamente» (S. Juan Crisóstomo, In Romanos 11,1).

El discurso dialéctico de los vv. 15-23 —esclavos del pecado, liberados de él, esclavos de la justicia— tiene un tono pedagógico: si un tiempo soportaron ser esclavos del pecado para la muerte, más vale ahora aceptar ser esclavos de la justicia para la vida eterna. «Todos fuimos esclavos del pecado, pero cuando se nos transmitió la forma de la doctrina y decidimos obedecerla no sólo de palabra, sino de corazón y completa decisión, nos liberamos de la servidumbre del pecado y nos hicimos siervos de la justicia» (Orígenes, Commentarii in Romanos 6,3).

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