COMENTARIO
El Apóstol expone las relaciones entre la Ley, el pecado y el hombre, mostrando la naturaleza de cada una de esas realidades: la «Ley», de modo directo la Ley de Moisés, indica también los preceptos de la ley natural. Los preceptos legales hacen al hombre consciente del pecado, y el pecado —representado como un poder personal— se sirve de los preceptos para provocar la tentación.
Sin embargo, Pablo aclara que la Ley, aunque de ella se sirva el pecado para amenazar al hombre, no es mala, sino santa, justa y buena: «La Ley es profecía y pedagogía de las realidades venideras» (S. Ireneo, Adversus haereses 4,15,1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1964). La bondad de la Ley consiste en ser un don de Dios, manifiesta el orden establecido por la Sabiduría divina, prohíbe los males, ayuda a conocer los deberes y prepara la venida del Redentor (cfr 3,19s.; 5,20; Ga 3,19.24). Pero es insuficiente, porque no proporciona los medios para vencer al pecado.
El «yo» monológico, que aparece varias veces en 7,7-25, puede entenderse como referente al mismo Pablo (¿antes de su conversión?), o a los judíos sometidos a la Ley o, quizá lo más probable, a la humanidad en general. En cualquier caso, ese «yo» expresa uno de los pasajes retóricos más dramáticos de la carta.