COMENTARIO
San Pablo apela a la experiencia universal de otra «ley» distinta de la de Moisés, una inclinación que se opone a la ley del Espíritu, al bien que Dios nos hace desear con su gracia.
La expresión «ley del pecado que está en mis miembros» (v. 23) subraya la fuerza con que los malos deseos se oponen a los preceptos del espíritu. La «ley del pecado» desordena las facultades y, sin ser pecado en sí, nos inclina a cometerlo. «La vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (cfr DS 1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1426).
Algunos entendieron que estos versículos aludían a la experiencia de los combates precristianos de Pablo por observar la Ley mosaica. Esta explicación es la que recoge Martín Lutero. Para él, el pecado original corrompió totalmente la naturaleza humana de modo que el hombre perdió la libertad y la fuerza para hacer lo moralmente bueno. El hombre, según Lutero, es siempre pecador, el pecado sigue viviendo en él. Pero, gracias a la justificación, sus pecados no le vienen imputados —aunque permanecen en el pecador— y es considerado justo no en virtud de sus propias obras, sino por la gracia de Jesucristo. Éste es el sentido de su famosa aserción: «Al mismo tiempo justo y pecador», que está en relación con 7,15-20. La doctrina católica en este punto fue expuesta en el Decreto Sobre la justificación del Concilio de Trento (cfr también Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1987-1992). Según ella, la gracia santificante que confieren los sacramentos nos hace intrínsecamente justos y agradables a Dios, porque la gracia recibida ha borrado el pecado y nos ha hecho hijos de Dios. Renueva el ser del hombre. Es verdad que, por nuestra naturaleza herida, seguimos inclinados al pecado, pero no ha quedado destruida nuestra libertad y en nuestras manos está corresponder a la gracia.