COMENTARIO

 1 Co 1,20-25 

La sabiduría del mundo es la que se desvía de su recto fin y, en consecuencia, no alcanza a conocer a Dios (cfr Rm 1,19-25), bien porque sólo busca señales externas y sensibles, bien porque únicamente acepta argumentos racionales.

Los judíos buscan exclusivamente signos e intentan basar su fe en lo que perciben por los sentidos. Para ellos la cruz de Cristo es escándalo, es decir, obstáculo que imposibilita su acceso a las cosas divinas. Los griegos —se refiere San Pablo a los racionalistas de su época— se consideraban árbitros de la verdad y veían como necedad lo que no se basa en demostración irrefutable: «Para el mundo, es decir, para los prudentes del mundo, su sabiduría se hizo ceguera; no pudieron por ella conocer a Dios (…). Por tanto, como el mundo se ensoberbecía en la vanidad de sus dogmas, el Señor estableció la fe de los que habían de salvarse precisamente en lo que aparece indigno y necio, para que, fallando todas las presunciones humanas, sólo la gracia de Dios revelara lo que la inteligencia humana no puede comprehender» (S. León Magno, Sermo 5 De Nativitate).

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