COMENTARIO
La sabiduría divina, de la que los hombres estamos llamados a participar, coincide con el designio divino de salvación revelado por el mismo Dios, transmitido por el Espíritu Santo. La sabiduría que Pablo proclama no es contraria a la razón humana, pero la supera. Es «misteriosa, escondida» (v. 7), por cuanto el hombre no puede abarcarla exhaustivamente como no puede abarcar a Dios; pero puede llegar a conocerla por la revelación (cfr Lc 8,10; Col 1,26), si bien su plenitud se alcanza en el cielo. Hay, por tanto, una triple perspectiva de esta sabiduría–misterio–salvación: está en los planes de Dios desde la eternidad; se manifiesta en la revelación y especialmente en Jesucristo, muerto y resucitado; por la fe se alcanza parcialmente en esta vida y en plenitud en el Cielo: «¡Qué dichosos y admirables son los dones de Dios! Vida inmortal, esplendor de la justicia, verdad en la libertad, fe confiada, templanza con santidad; y todas estas cosas podemos conocerlas. ¿Qué más tendrá Dios preparado para los que esperan en Él? Unicamente el Artífice supremo y el Padre de los siglos lo conoce. Nosotros esforcémonos intensamente en ser contados entre los que esperan para poder participar de los dones prometidos» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 30). Las palabras de Is 64,2-3 (v. 9) resumen el contenido de la sabiduría divina: el conjunto de dones que sobrepasan toda capacidad humana (cfr Ef 3,19) y que Dios ha preparado desde la eternidad para los que le aman. Estos dones no son sino el amor que Dios tiene a los hombres. La tradición cristiana, basándose en que tales dádivas se alcanzan plenamente en la otra vida, ha considerado estas palabras como descripción del Cielo.
«Espíritu del mundo» (v. 12) equivale a lo más negativo de la sociedad humana, que inevitablemente influye en los cristianos. El «espíritu del hombre» (v. 11) indica el elemento más íntimo de cada uno, que representa a la persona entera. El «Espíritu de Dios», que ha de entenderse como lo más íntimo de Dios y Dios mismo, es el Espíritu Santo: «No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. (…) Nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios. Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo, porque es Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 152).
«El hombre no espiritual» (v. 14). El texto original dice «el hombre psíquico», en oposición a «hombre espiritual», (v. 15); la Vulgata latina, seguida por la Neovulgata, traduce «hombre animal», en cuanto que actúa únicamente según sus facultades humanas, y es incapaz de ver más allá de las cosas de la tierra. El hombre espiritual, en cambio, es el cristiano regenerado por la gracia de Dios; sus facultades son elevadas de tal forma que puede realizar acciones de valor sobrenatural: actos de fe, de esperanza, de caridad: «No existe otra alternativa. Sólo son posibles dos modos de vivir en la tierra: o se vive vida sobrenatural, o vida animal. Y tú y yo no podemos vivir más que la vida de Dios, la vida sobrenatural» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 200). Cuando se vive la vida del Espíritu se adquiere criterio para valorar lo que ayuda o perjudica a las almas: «El que está despierto juzga rectamente tanto de que él está despierto como de que otro duerme; pero el dormido no tiene un juicio recto ni de sí mismo ni del que está despierto (…). Y según esto dice el Apóstol que el hombre espiritual juzga de todo: porque el hombre que tiene el entendimiento iluminado y el afecto ordenado por el Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas particulares que tienen relación con la salvación. El que no es espiritual tiene el entendimiento oscurecido y el afecto desordenado para los bienes espirituales, y por tanto el hombre espiritual no puede ser juzgado por el no espiritual, como tampoco el despierto por el dormido» (Sto. Tomás de Aquino, Super 1 Corinthios, ad loc.).