COMENTARIO

 1 Co 3,6-9 

La comparación con las tareas del campo ilustra cómo Dios quiere servirse de nosotros los hombres para sacar frutos sobrenaturales totalmente desproporcionados: «Hemos de recordar siempre que somos sólo instrumentos: ¿qué es Apolo?, ¿qué es Pablo? Unos ministros de aquel en quien habéis creído, y eso según el don que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, regó Apolo, pero Dios es quien ha dado el crecer (1 Co 3,4-6). La doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo. Es Dios mismo quien está empeñado en realizar la obra salvadora, en redimir el mundo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 159).

«Campo de Dios, edificación de Dios» (v. 9). El Concilio Vaticano II acude a estas imágenes paulinas para exponer la naturaleza de la Iglesia: «La Iglesia es la labranza o campo de Dios (cfr 1 Co 3,9). En ese campo crece el olivo antiguo, cuya santa raíz fueron los Patriarcas, en donde se realizó y se realizará la reconciliación de judíos y gentiles (cfr Rm 11,13-26). Fue plantada como viña selecta por el Agricultor celestial (cfr Mt 21,33-43 par.; cfr Is 5,1ss.). Cristo es la verdadera Vid, que da vida y fecundidad a los sarmientos, que somos nosotros: permanecemos en Él a través de la Iglesia y sin Él no podemos hacer nada (cfr Jn 15,1-5). Con frecuencia se llama también a la Iglesia la edificación de Dios (cfr 1 Co 3,9). El Señor mismo se comparó con la piedra que habían rechazado los constructores, pero que fue puesta como piedra angular (Mt 21,42 par.; cfr Hch 4,11; 1 P 2,7; Sal 118,22). Sobre este fundamento, la Iglesia es construida por los Apóstoles (cfr 1 Co 3,11), y de ese fundamento recibe firmeza y cohesión. Esta construcción es designada con diversos nombres: casa de Dios (1 Tm 3,15), en donde habita su familia; morada de Dios en el Espíritu (Ef 2,19-22), tabernáculo de Dios entre los hombres (Ap 21,3) y, sobre todo, templo santo, que, representado por santuarios de piedra, es objeto de la alabanza de los Santos Padres, y en la Liturgia, con justo título, se le compara con la Ciudad Santa, la Jerusalén nueva. En efecto, estamos en ella aquí en la tierra como piedras vivas que forman parte del edificio (1 P 2,5). Juan contempla esta ciudad santa que baja desde el cielo, de junto a Dios, en el momento en que se renovará el mundo, ataviada como una novia que se adorna para su esposo (Ap 21,1s.)» (Lumen gentium, n. 6).

Volver a 1 Co 3,6-9