COMENTARIO
Con ironía el Apóstol denuncia el engreimiento de los cristianos de Corinto y con vehemencia describe las penalidades que soportan los que siguen a Cristo: como los condenados a muerte en la arena de los anfiteatros, sirven de espectáculo a todos y, como los proscritos de las ciudades griegas, han llegado a ser «la basura del mundo, el desecho de todos» (v. 13). Estas expresiones pueden estar en relación con una costumbre inhumana que existió en algunas ciudades griegas: ante una calamidad publica, un ciudadano se prestaba, a cambio de ser tratado espléndidamente durante un tiempo, a ser sacrificado a los dioses como víctima de expiación; el día de su sacrificio el pueblo tenía derecho a proferir sobre él toda clase de insultos y de inmundicia; era «el desecho de todos». Tras su sacrificio, pensaban que la ciudad quedaba libre de los conjuros maléficos. Si las palabras aluden a este rito, el sentido es más profundo: el apóstol ha de soportar cualquier desprecio por amor a Cristo y a los hombres: «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 194).