COMENTARIO

 1 Co 7,1-9 

El Apóstol expone brevemente la legitimidad del matrimonio. La virginidad, en términos absolutos, es superior al matrimonio (cfr 7,25-35), pero éste es bueno y santo para los que son llamados a él. «Quien condena el matrimonio, priva también a la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece como bien solamente en comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aun que bienes considerados por todos como tales, es ciertamente un bien en grado superlativo» (S. Juan Crisóstomo, De virginitate 10).

Para vivir la virginidad y el celibato se necesita una gracia especial de Dios. Quienes no tienen ese don, es mejor que vivan en el matrimonio, que también es un don de Dios (v. 7). «El matrimonio es un camino divino en la tierra. (…) Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado —con la gracia de Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive» (S. Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 91).

A la vez, el Apóstol da una preciosa enseñanza sobre los deberes conyugales (vv. 2-5), insistiendo hasta tres veces en la reciprocidad completa de los cónyuges, frente a las costumbres griegas y judías de la época que sólo reconocían los derechos del varón. El marido y la mujer ya no son cada uno dueño exclusivo de su cuerpo, sino que, perteneciendo el uno al otro, sus obligaciones conyugales son de estricta justicia.

«Permanecer como yo» (v. 8). De estas palabras únicamente se deduce que San Pablo vivía solo, sin mujer, fuera soltero o viudo, pero el v. 7 avala la opinión generalizada de que nunca se casó.

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