COMENTARIO
La excelencia de la virginidad —tanto de mujeres como de hombres— se fundamenta en el amor de Dios, al cual puede dedicarse el célibe con una exclusividad que no se da en la persona casada. «La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Jn 15,13; 3,16) (…). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor, que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia “como señal y estímulo de la caridad” (Lumen gentium, n. 42); señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos» (Pablo VI, Sacerdotalis caelibatus, n. 24).
Los vv. 36-38 son de difícil interpretación. Pueden reflejar un contexto social en el que los padres decidían el matrimonio de los hijos: en este caso «virgen» (v. 36) equivaldría a hija. Otros entienden que «virgen» se refiere a la prometida formalmente (quizá tras los desposorios). En este caso, el futuro esposo podía plantearse que su decisión de vivir el celibato sería perjudicial para su prometida. Pablo exhorta a obrar con libertad, subrayando la excelencia de la virginidad.