COMENTARIO
Parece que, en sus celebraciones, los corintios, llevados de su entusiasmo e influidos quizá por un ambiente de manifestaciones religiosas exaltadas, corrían el riesgo de caer en confusión y desorden. Por eso el Apóstol vuelve a dar normas prácticas sobre el comportamiento en las reuniones litúrgicas. Se dirige a los que hablan en lenguas (vv. 27-28), a los que profetizan (vv. 29-33) y a las mujeres (vv. 34-35). Finalmente, recapitula las ideas que ha venido desarrollando (vv. 36-40).
En lo que se refiere a las mujeres (v. 34), San Pablo no se opone a que profeticen (cfr 11,5), sino que se expresa así considerando las circunstancias que concurrían en las asambleas de los corintios. «La prohibición se refiere únicamente a la función oficial de enseñar en la asamblea. (…) No hay que olvidar, por lo demás, que debemos a San Pablo uno de los textos más vigorosos del Nuevo Testamento acerca de la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer como hijos de Dios en Cristo» (Cong. Doc. Fe, Inter insigniores 4,20). A la igualdad esencial que existe entre el hombre y la mujer, no se opone la diversidad de funciones en el seno de la Iglesia, de manera que el sacerdocio ministerial quede reservado a los varones. Al mismo tiempo conviene recordar que «los más grandes en el reino de los cielos no son los ministros, sino los santos» (ibid. 6,39). En este sentido San Juan Pablo II enseña: «Como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la Iglesia siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos acentos— mujeres que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido funciones de considerable valor para la misma Iglesia. Es una historia de inmensa laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las veces, pero no por eso menos decisiva para el crecimiento y para la santidad de la Iglesia. Es necesario que esta historia se continúe» (Christifideles laici, n. 49).