COMENTARIO
Pablo cumple la recomendación que le habían hecho los Apóstoles (cfr Ga 2,10) de socorrer a los cristianos de Jerusalén. Es una muestra viva de la enseñanza evangélica de ayudar a los más necesitados: «Dondequiera que haya hombres carentes de alimento, vestido, vivienda, medicinas, trabajo, instrucción, medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, o afligidos por la desgracia o por la falta de salud, o sufriendo el destierro o la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana, consolarlos con diligente cuidado y ayudarles con la prestación de auxilios. Esta obligación se impone ante todo a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad» (Conc. Vaticano II, Apostolicam actuositatem, n. 8). Se trata de un deber que nos ha de resultar muy grato, pues «el Señor, al amar a los pobres, ama lógicamente a los que les aman. (…) Por lo que también nosotros esperamos que, en atención a haber amado a los pobres, llegaremos a ser amados por Dios» (S. Vicente Paul, Carta, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del 27-IX).
«El día primero de la semana» (v. 2), es decir, el domingo: «Desde los tiempos apostólicos, la reunión dominical fue para los cristianos un momento para compartir fraternalmente con los más pobres: Cada primer día… (1 Co 16,2). Aquí se trata de la colecta organizada por Pablo en favor de las Iglesias pobres de Judea. En la Eucaristía dominical el corazón creyente se abre a toda la Iglesia. Pero es preciso entender con profundidad la invitación del Apóstol, que lejos de promover una mentalidad reductiva sobre el “óbolo”, hace más bien una llamada a una exigente cultura del compartir, llevada a cabo tanto entre los miembros mismos de la comunidad como en toda la sociedad» (S. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 70).