COMENTARIO
El «Evangelio de Cristo» (v. 7) que Pablo había predicado a los gálatas, como se deduce de éste y otros pasajes de su epistolario, es el cumplimiento de la promesa anunciada por los profetas del Antiguo Testamento. Consiste en la buena nueva de que «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (4,4), Jesucristo, único Salvador de la humanidad. Éste es el núcleo del Evangelio que no se puede alterar. Aunque todavía no explica el Apóstol en qué reside la deformación del Evangelio que pretenden algunos, lanza por dos veces un «anatema» o maldición (vv. 8-9), para quienes osaran alterarlo. Tales palabras anticipan que se trata de un asunto muy grave. Nos recuerdan al mismo tiempo que no cabe un «nuevo cristianismo» que haya de ser descubierto: Cristo es el culmen y la plenitud de la Revelación: «La economía cristiana como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 4).
Las palabras del v. 10 responderían a una acusación que al parecer dirigían contra Pablo de que, para facilitar la conversión al cristianismo, no exigía la circuncisión, queriendo así agradar a los hombres. La defensa que el Apóstol hace de sí mismo constituye también una llamada a vencer los respetos humanos: «El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 78).