COMENTARIO

 Ga 2,11-21 

El Apóstol, que cuando era necesario cedía en cuestiones accesorias (cfr Hch 16,3; 21,22-26; Rm 14,1-12; 1 Co 10,23-30), se manifestó siempre firme a la hora de defender la libertad de los cristianos respecto a la observancia de las prescripciones de la Ley mosaica. Así ocurrió en Antioquía, donde la comunidad cristiana estaba formada por fieles convertidos del judaísmo y del paganismo. San Pedro, al dejar de participar en las comidas con los cristianos provenientes de la gentilidad, tal como lo establecían las tradiciones judías, aparentaba sentirse obligado a cumplir las prescripciones de la Ley. Pablo interviene con fuerza, pues la actitud de Pedro —dejar de comer con los gentiles por miedo a los que venían de Jerusalén—, en cuanto cabeza visible de la Iglesia, podía tener graves consecuencias. Hay que tener en cuenta que posiblemente había una estrecha relación entre la Eucaristía y esas comidas (cfr 1 Co 11,17-34). El peligro de una comunidad dividida era por tanto real.

«Los que estaban con Santiago» (v. 12) designa a los judíos cristianos procedentes de Jerusalén, donde Santiago había quedado al frente de aquella iglesia, cuando Pedro tuvo que huir (cfr Hch 12,17). Es comprensible que los fieles de Jerusalén, crecidos en la religión israelita, siguieran las costumbres judías, pero San Pablo se da cuenta del peligro de fondo que entrañaba aferrarse a esas prácticas, y por eso proclama la novedad de la fe cristiana: sólo la adhesión a Cristo nos justifica ante Dios. Volver a la necesidad de cumplir las prescripciones rituales y disciplinarias que se encuentran en la Ley mosaica significaría, por una parte, atribuir valor salvífico a esas acciones externas; y por otra, como consecuencia de lo anterior, implicaría que el haberlas abandonado por creer en Cristo nos habría hecho pecadores (v. 18) y Cristo, ministro o causante del pecado (v. 17), cosa completamente absurda. Frente a tales errores, el Apóstol resalta las consecuencias de la justificación: al adherirnos a Cristo por la fe, Él vive en nosotros, y así, con Él y como Él, vivimos para Dios (vv. 19-20). Como comenta San Agustín, «Cristo en el creyente se va formando por la fe en lo profundo de su ser, llamado a la libertad de la gracia, manso y humilde de corazón, que no se jacta del mérito de sus obras, porque de suyo no tienen valor (…). Y Cristo se forma en el que asimila la forma de Cristo, y asimila la forma de Cristo el que se une a Él con amor espiritual» (Expositio in Galatas 38). Como consecuencia, el cristiano «debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus, no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mi (…). Que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo!» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, nn. 103 y 104).

Tan grande realidad es consecuencia del amor de Cristo que se entregó voluntariamente a la muerte por cada uno de nosotros (v. 20). Pensar en este amor servirá de estímulo y consuelo: «Sólo de Él, cada uno de nosotros puede decir con plena verdad, junto con San Pablo: Me amó y se entregó por mí (Ga 2,20). De ahí debe partir vuestra alegría más profunda, de ahí ha de venir también vuestra fuerza y vuestro sostén. Si vosotros, por desgracia, debéis encontrar amarguras, padecer sufrimientos, experimentar incomprensiones y hasta caer en pecado, que rápidamente vuestro pensamiento se dirija hacia Aquel que os ama siempre y que con su amor ilimitado, como de Dios, hace superar toda prueba, llena todos nuestros vacíos, perdona todos nuestros pecados y empuja con entusiasmo hacia un camino nuevamente seguro y alegre» (S. Juan Pablo II, Alocución 1-III-1980).

Volver a Ga 2,11-21