COMENTARIO

 Ga 3,15-29 

Vuelve a la promesa divina a Abrahán y a su descendencia como argumento en pro de la justificación por la fe: la promesa se refería a Cristo (vv. 15-16), y la promesa es como un testamento, que es inalterable (vv. 17-18). Como Dios es fiel a sus promesas (cfr Ex 34,6) y lo que promete lo cumple, lo que Dios prometió a Abrahán no podía quedar anulado por la Ley de Moisés, promulgada mucho tiempo después (cfr Rm 4,13-17). En efecto, el papel de la Ley era mostrar y castigar las transgresiones antes de la llegada de Cristo (vv. 19-22), pero no se oponía a la promesa hecha a Abrahán: al contrario, la Ley indicaba lo que era pecado y que éste habría de ser redimido. Por eso, la Ley fue dada por Dios como «pedagogo» —el criado que en tiempos de Pablo estaba para cuidar de los niños y llevarlos a la escuela— para guiar a los hombres a Cristo (vv. 23-25). Con la redención de Jesucristo (v. 26), el hombre alcanza su mayoría de edad y con ella se ve libre del pedagogo. Por la fe en Cristo y mediante el Bautismo se hace hijo de Dios y se reviste de Cristo (v. 27), «no de cualquier hermosura o de cualquier valor —glosa San Juan de Ávila—, sino del mismo Jesucristo, que es la suma de toda hermosura, de todo el valor y de toda la riqueza» (Lecciones sobre Gálatas, ad loc.). Desde ese momento desaparece toda diferencia entre los creyentes (v. 28), todos pasamos a ser descendencia de Abrahán y partícipes de las promesas divinas (v. 29): «No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 106).

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