COMENTARIO
De nuevo la figura de Abrahán explica la libertad ganada por Cristo. Sara, la esposa de Abrahán, era estéril, por lo que el patriarca, siguiendo las costumbres de su época, tuvo un hijo de su esclava Agar: Ismael (cfr Gn 16; 17 y 21). Sin embargo, Dios le prometió a Abrahán un hijo de Sara y cumplió su promesa. Siendo ambos ancianos, Sara dio a luz a Isaac (Gn 15,4; 17,19). San Pablo ve un sentido alegórico en las dos esposas: la esclava representa al pueblo judío, sometido a la Ley; la esposa libre prefigura a la Iglesia (cfr Ap 21,2.10), fruto de la promesa divina. Los cristianos se parecen a Isaac porque existen en virtud de la promesa, no por la Ley.
Como la Jerusalén actual está en un monte, el monte Sión, Pablo ve simbólicamente un paralelismo entre éste y el monte Sinaí, donde se ratifició la Antigua Alianza (vv. 24-25), pues el Sinaí estaba en la región de Arabia, habitada por los descendientes de Ismael, el hijo de Abrahán y Agar.
El v. 29 glosa la escena de Gn 21,9, siguiendo una tradición rabínica (cfr Talmud, trat. Sota 6,6), según la cual Ismael maltrataba en los juegos a Isaac. Ahora, de modo semejante, los nacidos según la carne (judíos) maltratan a los nacidos según el espíritu (creyentes). También en esa persecución ve Pablo una señal de cumplimiento de las antiguas promesas.